Una visita a la 19ª Bienal de Arquitectura de Venecia 2025

La instalación de la Norman Foster Foundation y Porsche llamada “Gateway to Venice’s Waterway” (“Puerta de acceso a la vía acuática de Venecia”), un puente hacia la movilidad del futuro.

Para quien no fue a una bienal, explico un poco. Primero, estos eventos siempre tienen un tema eje. Esta bienal tiene como curador al arquitecto Carlo Ratti (arquitecto y académico italiano), quien ha definido el concepto Intelli/Gens: natural, artificial, colectivo, que propone “construir inteligentemente el mundo escuchando la inteligencia de la Tierra”. Se hace una convocatoria para los proyectos de oficinas, arquitectos o colectivos que quieran participar, así como para los pabellones nacionales (países que cuentan con un pabellón permanente en este evento). Nosotros tenemos un pabellón; Chile, Argentina, México, Uruguay, Brasil y Venezuela también lo tienen… lo que me sorprende es que Colombia no lo tenga.

El evento se desarrolla en dos espacios principalmente: el Arsenale (antiguo astillero veneciano) y el Giardini (antiguo jardín público al extremo de la isla), pero también hay eventos en otros puntos de la ciudad. Yo recomiendo empezar por el Arsenale, aunque siempre empiezo por el Giardini… así que da lo mismo, creo. En el Giardini se encuentra el pabellón central, que muestra proyectos diversos (este año estuvo cerrado por remodelación), y los pabellones nacionales, incluido el de Venecia (adicionalmente, Italia tiene un pabellón inmenso en el Arsenale). No voy a nombrar todos los países que participan —dejo un planito—, pero prácticamente todo Occidente está representado. En el Arsenale, además, en la nave principal están los proyectos que dan sentido al eje del evento. Son muchísimos y todos muy bien exhibidos: es una sobredosis de información visual y también de contenido académico, científico, urbano, etc.

Las manos gigantes de “Building Bridges” de Lorenzo Quinn, una instalación de la Bienal de Arte 2019. Una vista cerca del Arsenale.

En el Arsenale también hay pabellones nacionales, que siguen luego de haber pasado por los proyectos colectivos. Además, en los espacios al aire libre —que tienen vista al canal— se pueden apreciar otros proyectos de corte más urbano o experimental, con los que se puede interactuar o que tienen algún uso, como el Canal Café de DS+R o Water Gateways de Foster.

Mis pabellones favoritos en el Giardini fueron el del Reino Unido, con su curaduría impecable: una reflexión sobre la herencia colonial extractivista, pero donde las instalaciones trascienden la temática para convertirse en obras de arte en sí mismas.

Pabellón del Reino Unido: “Geology of Britannic Repair” explora cómo la arquitectura está implicada en los continuos “imperios de la geología”, definidos por formas de extracción que son cómplices de la desigualdad, la injusticia y la degradación ambiental.

El pabellón de España recupera el valor de la construcción, las maquetas, las técnicas, las herramientas. En un contexto saturado de conceptos, se agradece esa apuesta por lo tangible. Estados Unidos transmite su habitual optimismo: una mirada positiva y clara sobre el porche como espacio comunitario. Su puesta en escena estuvo a medio camino entre lo académico y lo profesional.

Pabellón de España: "Internalities: Architectures for Territorial Equilibrium", que explora la descarbonización de la arquitectura en España. 

Polonia es pura idea: ingeniosa, cercana, con rincones que despiertan curiosidad y sonrisa. El proyecto investiga cómo la arquitectura se convierte en forma de protección, tanto técnica como simbólica: rituales tradicionales, una arquitectura que dialoga con cualquiera, sin necesidad de explicaciones. Australia, imponente y envolvente, logra una atmósfera inmersiva. Brasil, con su estructura colgante de planos y paneles, convierte la exposición en una experiencia corporal.

En el Arsenale, México me impresionó por su ambición: un montaje donde la agricultura se convierte en arquitectura, con una escala que desborda al visitante. Tradición, tecnología y visión de futuro conviven de manera audaz. Marruecos comparte esa voluntad de hacer visible la tradición, pero la lleva hacia un territorio performativo y poético: materiales, sonido y cuerpo se entrelazan en una lectura contemporánea de la memoria. También me gustaron Chile, Letonia, Kosovo, Uzbekistán y China.

El Pabellón de México: “Chinampa Veneta: Saberes ancestrales para un futuro regenerativo", una propuesta que destaca el milenario sistema agrícola mexicano.

Lo que más vi en esta edición fue texto —muchísimo texto— y una fuerte carga académica. El cambio climático atraviesa casi todos los discursos, y hay una evidente preocupación por cómo imaginar el futuro desde la arquitectura. También noté una gran experimentación material: materiales raros, técnicas tradicionales reinterpretadas, impresiones UV sobre todo tipo de superficies. Fue estimulante ver esa mezcla de especulación conceptual y oficio manual. A nivel de montaje, hubo variedad: andamios, cortinas, textiles, transparencias. Tomé nota de todo.

Entre los proyectos individuales, me interesaron especialmente algunos que desdibujan los límites entre arte, arquitectura y experiencia. La Librería de Diller Scofidio + Renfro, en el acceso al Giardini, destaca por su ligereza estructural: una pieza desmontable, casi efímera, que parece sostener el aire. En el extremo opuesto del Arsenale, su Canal Café es una instalación tan conceptual como habitable: convierte el acto de beber un café hecho con agua purificada de la laguna en un gesto urbano y ecológico. Cerca de allí, Gateway to Venice’s Waterways, de Norman Foster, propone una estructura futurista y cinética que explora la movilidad entre tierra y agua con precisión tecnológica, sin romper el diálogo con el entorno. The Other Side of the Hill (de mis Top 5), a cargo de Beatriz Colomina, Patricia Urquiola, Mark Wigley, Roberto Kolter y Geoffrey West; The Elephant Chapel, Stonecrush, Calculating Empires, Am I a Strange Loop?, Data Clouds Domino 3.0: Generated Living Structure de Kengo Kuma; Vessels for Liminal Dialogues me resultó profundamente cercano: una estructura tejida, orgánica, como una maloca amazónica trasladada al futuro, donde la materia y la espiritualidad se confunden.

Pabellón de Kosovo: Emerging Assemblages, un espacio sensorial con materiales naturales como suelos de Kosovo y un calendario olfativo colgante.

Hubo también mucha maqueta, como es de esperar en una bienal de arquitectura. Pero en varios casos el discurso fue puramente formal, y eso resultó refrescante: ver, simplemente, arquitectura. En ese sentido, esta bienal se disfruta más si no se busca explicarlo todo.

Pabellón de Italia: TERRÆ AQUÆ: A Dialogue Between Land and Sea, una mirada reflexiva de la relación entre el mar y la costa italiana.

Visitar la Bienal es siempre un ejercicio de mirada: ver, escuchar, pero también dejarse transformar por aquello que la arquitectura aún puede decir sobre este mundo loco que nos rodea.

Fotos: Luis Enrique Aguirre

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